El Mito de Prometeo

Es sabido que muchas religiones comparten puntos en común aunque no hayan coincidido ni en el tiempo ni en el espacio.
En el caso particular de Prometeo vemos cómo puede hacerse un símil con Adán, y, aunque los matices sean distintos debido a las diferencias existentes entre ambas culturas, emparejar el robo del fuego de los dioses con la manzana del Árbol Prohibido. Si bien muchos autores han gustado de ver en las figuras de Prometeo o de Adán al personaje que se revela contra la autoridad de un dios terrible, la verdad dista mucho de tal interpretación simplista y superficial.

EL MITO DE PROMETEO

Según el mito homérico Prometeo instituyó los sacrificios rituales para honrar a los dioses; pero supo engañarles y separar para los hombres la carne de los animales y para los dioses los huesos y la grasa. El engaño enfureció a Zeus, por mucho que Prometeo le hubiera ayudado en la guerra contra los titanes. Así Zeus decidió castigar a los hombres y les arrebató el fuego; por lo que se vieron obligados a vivir con frío, sin cocinar sus alimentos, etc.

Prometeo se compadeció otra vez de los hombres y decidió robar una chispa del fuego sagrado, que escondió en el espacio hueco de una caña. Cuando Zeus vio brillar una hoguera en la tierra, supo que había sido Prometeo; y quiso también castigar al hombre. Para el hombre decidió Zeus crear a la mujer, en tanto que a Prometeo lo encadenó en el lejano monte Cáucaso donde cada día un enorme halcón devoraba sus entrañas, que se regeneraban al día siguiente.

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EL MITO DE PROMETEO COMPARADO

En el mito judeocristiano sucede algo parecido. El Eterno creó al hombre, si bien al principio ya creó a hombre y mujer juntos, creando después a Eva a partir de Adán. En este mito no encontramos la presencia de otros demiurgos, sino que es el hombre (en este caso instigado por la mujer) el que decide comer del fruto del Árbol de la Vida, sobre el que el Eterno les había advertido que no comieran.

También por esta transgresión el hombre es castigado, si observamos el sentido más literal, por haber accedido a algo que en principio le había sido vetado.

En ambos casos podemos ver, entonces, como hay algo «prohibido» que el hombre termina por obtener de todos modos. En el caso de la mitología griega se trata del fuego de los dioses, y en la tradición judía del fruto del Árbol de la Vida. Ambos llevan aparejados un castigo: La mujer y el conocimiento del bien y el mal respectivamente.

Aunque a simple vista ambos castigos puedan parecer muy dispares, e incluso misóginos, debemos hacer un pequeño esfuerzo por comprender el sentido oculto que se halla en esas palabras. Si lo hacemos, pronto veremos que lo que se plantea como un castigo, es en realidad algo bueno; el hecho de que se plantee de un modo que pueda dar lugar a confusión no responde más que a la necesidad y requisito de mantener apartado a todo aquel ajeno al estudio de lo oculto.

LA INTERPRETACIÓN DEL MITO

Si empezamos por el caso de Prometeo y el Fuego de los dioses, podemos ver como el fuego simboliza el inicio de la civilización. Hasta el momento el hombre se había visto confinado a las cuevas, a vivir sin fuego, etc; pero ahora puede calentarse y puede establecerse. Más incluso, ha obtenido a la mujer. Ahora el hombre ya no ha de ser generado por los dioses, sino que puede reproducirse y gana para sí un poder que antes estaba reservado solamente a los dioses. Con ello el hombre se torna divino.

En la Biblia, Adán y Eva al comer del fruto prohibido, adquieren como castigo el conocimiento del Bien y el Mal. Hasta el momento habían sido sabios, perfectos y no existía para ellos el concepto del bien o del mal, solamente el de lo Verdadero y lo Falso. Sin embargo, al comer del Árbol de la Vida se ven empujados a un nuevo conocimiento. Por ejemplo, antes ellos ya sabían que estaban desnudos; pero al comer juzgan que estar desnudo es malo, y en consecuencia se cubren.

Antes el ser humano era lineal, no podía mejorar pues ya era perfecto; pero ahora goza del conocimiento del bien y el mal, pudiendo elegir entre ellos. Esto le permite volver a alcanzar la plenitud por decisión propia, a forjarse su propio mérito y arribar a la meta por voluntad y no por no tener más remedio; esto es lo que permite al ser humano completarse.

En resumen, podemos ver cómo en ambos casos el hombre goza de una chispa divina. Tiene siempre las herramientas para progresar si lo desea, porque el Eterno así lo quiso y es una virtud de la que goza toda la creación. Tenemos el poder de hacer realidad todo lo que deseemos, de impulsar y generar lo que queramos; solamente tenemos que ponernos a ello.

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